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lunes, 9 de febrero de 2015

LA BIBLIOTECA...

      

 Les comparto mi sentir, con  relación a un espacio  mágico que desde niña me encaminó a las letras... LA BIBLIOTECA DE MI PEQUEÑA ESCUELA, con algunos libros pero los suficientes para llenarme el alma. La calidez de la bibliotecaria en secundaria y la inmensidad y calidad del Alma Mater, U de A donde  me gradué como literata. 
Gran parte de mi vida la he pasado disfrutando las historias, aventuras, sueños, viajes y anécdotas de cada personaje que reposa en las letras de magníficos escritores. Por eso retomo las palabras de Jorge Luis Borges "Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mi  me enorgullecen las que he  leído"  

Para esto hay que pensar en nuestras bibliotecas...  
     Porque el espacio de los libros se debe concebir como  punto de reunión para la comunidad educativa y no sólo como espacio de reuniones para quien “tiene las llaves” o como sala de castigo para quienes infringen las normas.
         La biblioteca se debería reconocer como espacio familiar, en la que los estudiantes se llevan libros a sus casas para compartirlos con sus padres yasi hablen, pregunten, aprendan, rían, lloren, conozcan  otros mundos posibles. Las bibliotecas de las Instituciones Educativas de nuestro país deben ser un espacio donde la comunidad pueda encontrar elementos propios de su cultura,  donde se brinde una cálida y propositiva atención, con personas idóneas y conocedoras detalle a detalle de cada texto que allí se encuentra; con material actualizado, diverso que sea del agrado de los usuarios; con una comodidad mobiliaria que permita repetir una y otra vez las visitas a ese lugar mágico de mundos increíbles, de historias asombrosas y sueños por doquier; los cuales nos permitan perseguir las mariposas amarillas de Gabo  mientras buscamos a Caperucita en el bosque, montados en La tortuga gigante de Quiroga teniendo en cuenta Instrucciones para subir una escalera de Cortázar, para  admirar El retrato de Dorian Grey; el cual seguramente le hubiese encantado a la Madame Bovary de Flaubert; le dibujaríamos el cordero al Principito, de Saint Exupéry y luego en un instante daríamos La vuelta al mundo en 80 días con Julio Verne, para ir hasta Japón a conocer esa cultura y comprar los gusanos de seda de Baricco sin ningún Contrato Social más que el de poner a volar la imaginación a cualquier edad. Sin temor a pensar que son Cien años de soledad para las bibliotecas  de nuestras instituciones porque fue una Odisea entrar allí a leer, porque  era un Código Da Vinci el requerido para acceder al material de Lo que el viento se llevó  en esta Crónica de una muerte anunciada. 
Ohara Correa

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