Páginas vistas en total

miércoles, 21 de marzo de 2018

SILENCIO- ÁNGELA RENGIFO CORREA


SILENCIO

Por: Ángela Rengifo Correa



Imagen recuperada de : https://www.pinterest.cl/pin/465981892673532742/?autologin=true. marzo 21 2018

Ella duerme siempre hasta muy tarde. Mientras no se despierte debo permanecer aquí escondido. Muchas veces eso sucede cuando es hora del almuerzo, que espero ansioso pues manda a pedir pollo asado del que me toca una buena parte. Me gustan esos momentos porque es uno de los pocos en el día donde la veo sonriendo, o al menos sonriendo de manera sincera y no para engañar a sus clientes. Deja que me suba a su cama cubierta con cobijas de seda para darme mi parte con sus propias manos después que ha comido la suya. Al terminar, se recuesta por largo rato a acariciarme. Eso la tranquiliza.
Hoy es distinto porque se ha levantado mucho antes que los demás en la casa. Me doy cuenta por el silencio. Salgo a su encuentro vergonzoso, casi a ras del piso. Recibo un beso en la frente, luego ella sale de la habitación. Pienso dos veces antes de seguirla. La otra vez quise hacerlo y lo único que me gané fue una sarta de escobazos propiciados por una vieja gorda, además de la gritería y el escándalo formado por las otras mujeres. Así que mejor la espero cerca de la puerta. Eso no quiere decir que me tenga encerrado. Por la ventana puedo salir y entrar de la calle cuantas veces quiera. Mientras ella no está, atravieso el barrio. En caso de que no haya comida para mí puedo robarla fácilmente de las tiendas, aunque eso casi nunca sucede. Siempre me da un bocado, así sea la mitad del único pan que pudo conseguir.
Al principio no sabía de mi presencia. Como vi la ventana abierta y era un día lluvioso, entré. La habitación estaba sola, de todas maneras preferí esconderme detrás de las cortinas. Así pasaron varios días hasta que una vez mientras ella dormía entró sin hacer ruido un hombre a la habitación. Empezó a esculcar los cajones y yo me puse furioso. Ella despertó lanzando improperios contra el intruso quien no había alcanzado a encontrar nada. Por primera vez sentí una caricia y probé un plato de sopa caliente.
Aprendí a cuidar sus cosas cuando la puerta quedaba sin llave, es decir, mientras dormía sola. También, que no debía confundir con un ladrón a algún cliente. Cuando espanté a uno me gané un par de zapatazos y no tuvimos nada para comer. Al principio fue difícil comprender la diferencia, luego pude sentir esa sensación cuando gemían haciendo chirrear la cama y llenando la habitación de olores que permanecían bastante rato. Ahora me concentro en que esos hombres dejen todo como lo encontraron. Pero anoche sucedió algo extraño. El hombre de esta vez, mientras le brincaba encima, la llenó de golpes con una hebilla sin que ella hiciera nada por impedirlo. Se veía muy satisfecho por lo que estaba haciendo. Estuve indeciso entre salir a matarlo o permanecer escondido; esperaba sólo una señal para atacar y ésta no llegó nunca. Antes de irse, el hombre dejó una buena suma de dinero sobre el cajón.
Ella ha regresado con una bolsa de hielo y un tazón lleno de pedacitos de pan remojado en leche que me ofrece antes de recostarse de nuevo. Como rápido pues tengo mucha hambre, aunque me detengo al escuchar unos gemidos. No son como los de siempre, sino más suaves como para que nadie se dé cuenta. Subo despacio a la cama y veo que está llorando. Después de lamer las gotas que le bajan por la cara, me recuesto a su lado.


EL RETRATO - ÁNGELA RENGIFO CORREA


El retrato
Por:  Ángela Adriana Rengifo






Un hombre que camina la ciudad para vender libros. Un gato que se atraviesa en su camino. Una mujer vestida de rojo. Y un retrato. O dos. Este es el cuento del mes escrito por Ángela Adriana Rengifo.
Ricardo se siente fastidiado por esa imagen. Es el afiche de una mujer sentada sobre una mecedora en primer plano; detrás están la playa y el mar, alcanzan a observarse alcatraces junto a unas canoas encalladas. El conjunto da la impresión de vetustez pero al tiempo exalta lo tradicional. La mujer negra y pelo canoso lleva puesto un vestido rojo de pepas blancas, con un cuello tipo marinero, sujetado por una gruesa correa negra. La indumentaria o el paisaje no son precisamente lo que inquieta a Ricardo. Es esa sonrisa que no puede descifrar. Ella parece mirarlo a él con un dejo de sarcasmo o burla. Entonces quisiera alejarse rápido de su vista, huir de ese cuadro –ya se dijo que es un afiche, pero lo han enmarcado–, pero necesita permanecer ahí disimulando su nerviosismo. La recepcionista ha anunciado su llegada y espera que la llamen de nuevo para darle una respuesta. Así se la pasa desde hace varios meses. Visita instituciones educativas, incluyendo colegios pequeños hasta universidades, para ofrecer los libros. La empresa donde trabaja es muy reconocida. El problema es la competencia entre los vendedores pues les pagan por comisión. A cada uno le asignan un sector, pero no falta quien quiera transgredir el territorio del otro. Hay que sumar el fastidio producido por los visitadores que siempre llegan a la hora más inoportuna. Ricardo ha aprendido a armarse de paciencia para vencer todos los obstáculos empezando por la puerta y terminando por las actitudes hostiles de sus posibles clientes.Mientras espera, la recepcionista le sonríe detrás de las rejas. Eso no implica necesariamente simpatía sino un gesto aprendido de falsa cordialidad. Bajo el muro, sin que ella ni nadie se dé cuenta, se quita uno de los zapatos para hacerse un masaje. Puede verse la plantilla tan gastada como la suela, pronto van a encontrarse creando un orificio que toque el suelo. Cuando devuelven la llamada a la recepcionista, Ricardo guarda entusiasmado su pie dentro del zapato. Ella pronto opaca su alegría pues le dice que hay una reunión muy importante y que en ese momento no pueden atenderlo. Luego de darle las gracias, él se dispone a marcharse. La recepcionista lo detiene un momento para regalarle un poco de café caliente en un vaso desechable. Nuevamente le agradece y emprende su camino. Como va tan entretenido enfriando el tinto no se fija por donde pasa y tropieza con algo. Es un gato color blanco con una mancha marrón sobre su frente, la única que tiene. El gato ha saltado a tiempo antes que lo pisara y se ha quedado sentado mirándolo en espera de una especie de disculpa. Pero Ricardo sigue concentrado en su café.No ha sido de su escogencia este trabajo. Terminó haciéndolo en parte por la necesidad y en parte por el azar. Ocho meses atrás estaba en un banco como cajero. Pese a que el sueldo no era el de un profesional –Ricardo se había graduado como administrador– al menos estaba sentado todo el tiempo bajo el aire acondicionado; si antes se quejaba, ahora nota la diferencia. El asunto es que un buen día lo despacharon para las vacaciones con la promesa de volverlo a llamar. En vista de que ese teléfono no sonaba pero sí aumentaban las deudas del arriendo y de los servicios públicos, empezó a enviar hojas de vida. Primero fue muy exigente con los clasificados, luego las enviaba a cualquier parte donde pudieran aceptar a un profesional sin experiencia en su disciplina con aproximadamente treinta y cinco años. Entonces un amigo le contó que podía ganar jugosas comisiones vendiendo libros y lo ayudó con una recomendación. En realidad las comisiones no eran tan jugosas, apenas alcanzaba para cancelar sus deudas y comprar comida. Se culpaba a sí mismo por su inexperiencia, guardaba la esperanza de que más adelante le fuera mejor.Una de las cosas que más lo motiva es su novia Lina, de un poco más de veinte años. Mientras trabajó en el banco ella parecía muy enamorada porque aceptaba con agrado sus invitaciones para ir a bailar o a comer. Fue difícil el cambio cuando se quedó sin empleo y los domingos por la tarde se convirtieron en aburridas visitas en la casa de ella que empezaban con el almuerzo y terminaban con la comida. La situación empeoró al reconocer los mal disimulados esfuerzos de Lina para excusar que no pudiera atenderlo: estaba enferma o tenía mucho por estudiar. Eso hizo imperativo conseguir un nuevo trabajo y aunque no le alcanzaba el dinero hacía lo imposible por llevarla a pasear. Hasta que una tarde ella le dijo que no iría a ninguna parte con él si no compraba primero un nuevo par de zapatos. Ese sería su primer propósito apenas lograra una comisión, sin imaginar que Lina ya recibía llamadas de hombres mucho más jóvenes que él y con capacidad de satisfacer sus gustos.Otra vez se encuentra frente a una ventanilla con rejas. Detrás está sentada la recepcionista, una mujer de unos cuarenta años que lleva puestas unas gafas casi en la nariz y quien en lugar de sonreírle como la otra, lo mira de reojo. Mientras espera ser anunciado, Ricardo se detiene a observar la decoración del lugar. También está allí. Parece que todos se han puesto de acuerdo en colgar esa imagen que tanto le desagrada: la mujer burlándose de él como anticipándole un nuevo rechazo. Para evitar esa sensación, Ricardo vuelve a mirar a la recepcionista pero ella le devuelve su gesto reclamando con sus ojos la privacidad. Suena el teléfono, cree escuchar regaños por la línea. Ricardo comprueba sus sospechas al escuchar también de su boca una respuesta agria. Después disimula dando las gracias y entonces tropieza con algo. Ese instante le parece repetido. Es un gato color blanco con una mancha marrón sobre su frente, la única que tiene. El gato ha saltado a tiempo antes que lo pisara y se ha quedado sentado mirándolo en espera de una especie de disculpa. Ricardo se agacha para acariciarle la cabeza.Soledad suspira apenas cruza la puerta que da hacia la playa. Su vestido rojo de pepas blancas hace un hermoso contraste con el azul del mar. A cierta distancia pueden verse unos turistas aficionados con la cámara fotográfica. Ella ha terminado de hacer el almuerzo y la casa despide un olor a comida como invitando a los convidados. Se sienta en la mecedora del antejardín para observar la gente que pasa. En ese momento va el cacharrero con su mula cargada de cosas que pueden gustarle tanto a niños como a viejos. A Soledad le llama la atención el cuadro de un hombre acariciando un gato. Por el vestuario se ve que es de ciudad, únicamente lo hace ver mal un par de zapatos muy viejos. Soledad sonríe al terminar de pronunciar estas palabras: “Qué pesar, es un muchacho hasta bien parecido
”.La autoraÁngela Adriana Rengifo Correa. Nace en Cali, el 4 de junio de 1984. Licenciada en Literatura y Magíster en Literaturas Colombiana y Latinoamericana de la Universidad del Valle. Primer lugar II Concurso Latinoamericano y XVI Universitario Nacional de Cuento Corto 2003 Universidad Externado de Colombia, con el minicuento ‘Casualidad’. En el 2005 obtiene su segundo premio: Jorge Isaacs Colección de Autores Vallecaucanos categoría cuento, con su libro ‘Jitanjáfora’ publicado por la Gobernación del Valle del Cauca. En el 2008 ocupó el segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuento ‘Leopoldo Berdella’, organizado por la Asociación Cultural El Túnel, de Montería, con el cuento ‘Metamorfosis’. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad del Valle


martes, 12 de diciembre de 2017

CON LA TELA DE UN GUANTE -FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ LÓPEZ

CON LA TELA DE UN GUANTE


Solía salir sin motivo a mi balcón
justo a la hora en la que mi vecina regaba,
vestida con la tela de un guante.
A veces al volverse dentro me miraba
y yo hacía el gesto pero
ni sacaba la lengua ni ladraba.

Me despertó un mediodía
que se había llegado a mi puerta.
Vestida con la tela de un guante
y falta de sal en su despensa.
Le dije que en seguida, que esperase,
y al momento cuánto lo lamentaba.
Ella se fue sin darle importancia
caminando sin prisa entre mirillas
y puertas entreabiertas,
que curiosamente a su paso se cerraban.

Corrí al Más y no era para menos,
y ya tuve sal cuando vino por azúcar,
y tuve azúcar cuando vino por harina,
y harina un día que me pidió vino,
y vino un día que me pidió preservativos.
Le dije ¡sólo tengo uno!
como si fuera el corazón lo que me hubiera pedido,
un sólo condón casi caducado en un bolsillo,
pero ella aceptó compartirlo.

Y aquel día se tomó varias noches,
y mis manos supieron
que sin hilos o telajes
es más fácil tener abrigo.

Primero fue un día que no vi que regara
y pensé que era yo que había confundido la hora.
Luego fueron las flores secas,
el polvo sobre las macetas.
Y luego aquel hombre colgando
un cartel de “se alquila” en la barandilla.
Las habladurías la echaron del bloque.
Me dijo, al verme vagar por mi balcón
como un perro sin dueño y sin horario.

Un frío entre mis dedos me llevó por las aceras
hasta que quedó en ellas mi idea de volver a verla.


Ahora escupo a los pies de las viejas en el parque
y les rompo las bolsas al salir del supermercado,
y les quito el bastón en mitad de los semáforos.
Ahora sí les voy a dar una historia
con la que envejecer hablando a todas esas beatas del vecindario.

viernes, 20 de octubre de 2017

Y DIOS ME HIZO MUJER- GIOCONDA BELLI

                           

                                             Y DIOS ME HIZO  MUJER

                                                     GIOCONDA BELLI


Imagen recuperada de :https://www.google.com.co/search?q=IMAGENES+DE+MUJERES+POESIA

Y Dios me hizo mujer,

de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

LA TABLA PERIÓDICA - MIGUEL SERRANO LARRAZ



LA TABLA PERIÓDICA
                                            MIGUEL SERRANO LARRAZ





Ésta es la única fotografía que tengo con mi padre. Mi padre es el hombre que aparece a la izquierda de la imagen, de rodillas. La gorra la llevaba siempre (para ocultar las heridas luminosas de la frente), pero no los guantes: se los puso para poder plantar el árbol que se ve entre sus manos, el olivo. Yo soy, por supuesto, el niño que hay a la derecha de la imagen. Tenía cinco años. Era la primera vez que veía a mi padre tan de cerca, de ahí la inmovilidad. Mi madre aprovechó el momento para sacar la fotografía. Unos segundos después, mi padre se dio cuenta de que yo estaba allí y comenzó a gritarme para que me alejara de él.

Al fondo se ve la casa. Algo más atrás está el cobertizo. Nos mudamos en diciembre del 76, dos años antes del momento de la fotografía y sólo unas pocas semanas después de que a mi padre le diagnosticaran la enfermedad. Yo tenía entonces tres años. Me sometieron a una multitud de análisis para asegurarse de que no me había contagiado. Mi padre propuso marcharse, alejarse de nosotros. Mi madre le dijo que era un egoísta y un cobarde, que no podía negarme su presencia, al menos en los años que la enfermedad le permitiera. Mi padre acabó aceptando, pero puso como condición que nunca me acercara a él a menos de quince metros. Sabía que la intensidad de la radiación descendía exponencialmente con la distancia. Quince metros, según le dijeron, era una barrera espacial más que razonable. 

El cobertizo estaba detrás de la casa, a cincuenta metros. Yo nunca entré, ni siquiera después de su muerte. A veces me acercaba, cuando él aún vivía, fingiendo cualquier juego desordenado. En algún momento, sin embargo, empezaba a notar un frío que me subía por las piernas, y empezaba a llorar. Entonces mi padre decidió plantar el olivo, para marcar el punto del que se me prohibía pasar. Eso lo he sabido después. Entonces me dijo que plantaba un árbol para que creciera conmigo, y para que me acordase siempre de él, de mi padre, cuando ya no estuviera. Me lo dijo desde lejos, gritando. Siempre hablábamos así. Plantó el olivo justo en el punto medio entre la casa y el cobertizo.

Mi padre todavía aguantó tres años, el último de ellos en un hospital. No fui a verlo: la habitación, al parecer, era demasiado pequeña. Escribía cartas en las que preguntaba por el árbol y me pedía que fuese bueno con mamá. Después murió. Dejó dispuesto que se dibujara una raya en el suelo, a quince metros del nicho. No se trataba de una recta, sino de un arco de circunferencia. Cuando íbamos al cementerio, nos colocábamos encima de la línea, mi madre y yo. En cierto modo, esta frontera hacía que el recuerdo de él fuera más exacto y más completo. En el año noventa y seis a mamá se le empezó a caer el pelo y desapareció. Viví con la tía Concha durante unos años, hasta que fui a la universidad. La tía, a veces, me pasaba la mano por la mejilla. Yo trataba de rehuir ese contacto mínimo.

En dos mil seis recibí una carta de la empresa que gestionaba el cementerio. Al parecer, el nicho de mi padre no había sido comprado, sino alquilado, por veinticinco años. Como único familiar vivo, me correspondía a mí volver a alquilar el espacio (por tramos de diez años), o adquirirlo en propiedad. Las otras opciones eran: 

a) permitir que los restos pasaran a una fosa común (con la carta se adjuntaba el impreso correspondiente a esta opción: imaginé que se elegía con frecuencia);

b) hacerme cargo personalmente de los restos. 

Decidí optar por esto último. La ley exigía que un familiar estuviera presente cuando se extrajera el ataúd y se comprobara que el cadáver seguía allí. Cuando llegué había dos hombres: un trabajador, vestido con un mono azul lleno de manchas de cemento, y un representante legal de algún tipo, tal vez un funcionario, con traje y corbata (negros). Firmé unos papeles apoyado en una carpeta. Después abrieron la tapa del ataúd. El cuerpo de mi padre, como yo ya había imaginado, estaba intacto. No recordaba haberlo visto nunca de tan cerca. Su piel tenía un aspecto mineral. Me pareció que sonreía. Me alivió comprobar que no lo habían enterrado con la gorra. Parecía otro.

Dos días después me entregaron las cenizas en una urna. Decidí regresar a la casa de mi infancia y dejarlas allí. Ese mismo domingo cogí un tren, a las ocho de la mañana. Llegué a la casa a mediodía. Todo era igual que en mis recuerdos, o que en aquella fotografía. El cobertizo, al fondo, me pareció muy pequeño, casi ridículo, y me pregunté cómo se las habría apañado mi padre para vivir allí tanto tiempo. Me arrodillé junto al olivo, a la izquierda de la imagen, donde mi padre también se había arrodillado una vez, y retiré la tapa de la urna. Eché algunas cenizas sobre la palma de mi mano desnuda. Tenían un color plateado y luminoso. Desprendían una luz tenue. Estaban calientes. Me sentí feliz. Volqué la urna y extendí las cenizas alrededor del olivo, junto a la base, y mi mano brillaba. Después coloqué mi frente contra el tronco, cerré los ojos y metí los dedos en la tierra, que me pareció húmeda, a pesar de que hacía siglos que no llovía en aquella zona.


Miguel Serrano Larraz es un escritor, poeta, filólogo y traductor afincado en Zaragoza. Licenciado en Ciencias Físicas y Filología hispánica, se dio a conocer como escritor con el libro de relatos Órbita.​​ 


martes, 3 de octubre de 2017

UN CUENTO AL DÍA SECCIÓN ANDRÉS NEUMAN




Publicado por: Carlos in Andrés NeumanCuentos
El lunes sueña con la cita. El martes se entusiasma pensando que se acerca. El miércoles comienza el nerviosismo. El jueves es todo preparativos, revisa su vestuario, va a la peluquería. El viernes lo soporta como puede, sin salir de su casa. El sábado, por fin, se echa a la calle con el corazón rebosante. Durante toda la mañana del domingo llora sin consuelo. Cuando nota que vuelve a soñar, ya es lunes y hay trabajo


Publicado por: Carlos in Andrés NeumanCuentos
A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.


Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase.
Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.



Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos.
A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.



Andrés Neuman. (Buenos Aires, 1977). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde ha sido profesor de literatura hispanoamericana.Colaborador en diferentes medios culturales como el suplemento cultural ABCD las artes y las letras del diario ABC (España), en la Revista Ñ del diario Clarín (Argentina) y en El País. Su blog Microrréplicas está considerado como uno de los mejores en lengua española.(...)
Tomado de http://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/neuman_andres.htm



sábado, 10 de junio de 2017

ESTORBAR de / GUSTO - Javier Gm


Yo también  dibujé corazones con flechas en las libretas, 
en las paredes, cortezas de pino,
detrás de las puertas en los váteres del bar,
y cómo no, 
en los propios brazos
(algunos con gotitas de sangre que se derramaba hasta el codo)
y ahora que esto me ha venido a la cabeza, me doy cuenta
de lo estúpidos que fuimos, 
en vez de  coger un libro o haber ido al grano,
hacíamos el indio, 
pintamos en la piel los símbolos premonitorios
de lo que aun hoy sigue siendo

una de las mayores derrotas.

Tomado de: García, Javier. ESTORBAR de/GUSTO. Pliegos de la palabra. Ed Babilonia. España. 2013. p. 23.